Niebla

La ciudad ha trastocado sus colores definitivamente. Los días de otoño han modificado su fisionomía. Sarajevo amanece gris. Los edificios se elevan desde la herrumbre del asfalto para intentar alcanzar algún rayo de luz solar desde el fondo de su valle. A veces, una ciudad refleja perfectamente los estados de ánimo. El otoño, con su melancolía y oscuridad, encuentra un escenario perfecto en Sarajevo. La escenificación precisa para las almas solitarias, deseosas de paz interior, pero que requieren de un caos espiritual latente en sus entrañas.

Después de mi periplo por Dalmacia (sur de Croacia) he recobrado mi lugar en este nuevo hábitat. La luz de la costa despierta los ánimos, les insufla un aire nuevo que les permite crecer. La brisa marina eleva los corazones por encima de la penosidad de la existencia, para situarlos en una virtual plenitud.

Sin embargo, mi lugar está aquí, entre coches viejos y calles fervientes de vida. La niebla que envuelve las mañanas en una maraña de tristeza, también protege el secreto que ha permitido a esta ciudad sobrevivir a los infiernos.

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