Tarde de domingo

Las pisadas retumban en las calles rebosantes de agua sucia. Los adoquines de las callejuelas encienden el espíritu ante el frio helador de la atmósfera urbana. Las almas solitarias vagan entre los resquicios que dejan los edificios grises del centro. El cielo arde en un atardecer de fuego, que ilumina el firmamento previo a la caida de la noche. El río fluye silencioso, atravesando los puentes que unen las dos orillas de la urbe. Todo el conjunto adquiere un carácter épico. El espacio se dispone definitivamente de forma caótica, en un improvisado teatro vital. La realidad se ha adaptado a la sucesión de elementos caóticos que la conforman, para desplegar toda su vitalidad encubierta tras años de hollín y metralla.

Dejo atras el bulevar principal y asciendo las escaleras hacia el mirador secreto. La música del MP3 retumba en mis odios, acompañando mi subida a los cielos. Desde las alturas, todo problema aparece como una simple carencia de perspectiva. 

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Un comentario en “Tarde de domingo

  1. EL PESO MÁS GRANDE. ¿Qué ocurriría si, un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijese: Esta vida, como tú ahora la vives y la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión -y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas y así también este instante y yo mismo. ¡La eterna clepsidra de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito del polvo!? ¿No te arrojarías al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que te ha hablado de esta forma? ¿O quizás has vivido una vez un instante infinito, en que tu respuesta habría sido la siguiente: Tu eres un dios y jamás oí nada más divino? Si ese pensamiento se apoderase de ti, te haría experimentar, tal como eres ahora, una transformación y tal vez te trituraría; ¡la pregunta sobre cualquier cosa: Quieres esto otra vez e innumerables veces más? pesaría sobre tu obrar como el peso más grande! O también, ¿cuánto deberías amarte a ti mismo y a la vida para no desear ya otra cosa que esta última, eterna sanción, este sello?

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