Valle

Los días pasan lentos, inexorables, cubiertos de una niebla pegajosa y eterna. Las paredes grises de la estancia me ahogan. Por los ventanales, las calles se retuercen caóticas, estrangulando la libertad. El río, antes apacible y luminoso, desciende turbio por el angosto valle, en un zigzagueante ritmo de penumbra. Los gatos, antes altivos y alegres, se arremolinan nerviosos alrededor de las inmundicias, acumuladas en todos los rincones de la pequeña urbe.

Las esperanzas vitales decaen ante el estrepito y la incertidumbre de los tiempos venideros. El pasado, oculto tras el bosque del presente, se extiende como una fina manta de seda, abrigando los momentos de grandeza precedentes. El futuro se ensombrece a cada paso.

Un invisible y lejano hilo de esperanza me mantiene a flote en el abismo irremediable.

Es un regalo que nunca le podré agradecer completamente.

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