El poder de Hamas o cómo Israel no supo domesticar al monstruo

Tras el reciente ataque, aún en marcha, del Estado de Israel a la franja de Gaza, bajo el pretexto de acabar con el poder de Hamas en la zona, me ha parecido interesante  incluir en el blog las conclusiones de mi tesina de especialización, titulada: Hamás: Ideología y evolución política y militar del Movimiento de Resistencia Islámica desde sus orígenes hasta su victoria electoral en Enero de 2006. El objetivo no es otro que mostrar lo que de verdad se esconde en ese complejo entramado de intereses que es Oriente Próximo. Espero vuestros comentarios.

En primer lugar, el espectacular crecimiento de Hamás en los últimos años, materializado en su reciente ascenso al poder, se ha debido a la incapacidad del Gobierno de la Autoridad Palestina para resolver la grave crisis económica, social y política que asola los Territorios Ocupados desde hace décadas. La desesperanza ha sido el caldo de cultivo ideal para el avance imparable del islamismo en Palestina, que finalmente ha alcanzado el poder. Igual que la primera intifada vio el nacimiento de Hamás, la segunda intifada le hizo resurgir de nuevo, después de algunos momentos de debilidad. Hamás fue capaz de explotar la crisis a todos los niveles para acumular poder político, militar y social. El “éxito” de los ataques suicidas fortalecieron, asimismo, a los miembros más radicales de la organización, frente a posiciones más moderadas. Por tanto, la Intifada de al – Aqsa permitió sobrevivir a la organización, ya que un éxito de los Acuerdos de Oslo hubiera supuesto su marginación política casi segura.

Durante todos estos años, Hamás ha desarrollado una estrategia de pragmatismo político en sus relaciones con el mundo árabe, islámico y la comunidad internacional. Esta estrategia ha resultado exitosa para alcanzar el poder en Palestina y ganar algunos adeptos en el panorama internacional. Su discurso político, basado en la lucha contra la ocupación israelí, ha encontrado el respaldo de la sociedad palestina y de una parte importante del mundo árabe e islámico. En este sentido, este crecimiento del Movimiento de Resistencia Islámica hasta la consecución del poder no puede ser analizado como un hecho aislado. El islamismo político se encuentra en auge en el mundo árabe. El fracaso de los Gobiernos locales para mejorar las condiciones de vida de su pueblo y la incapacidad de las democracias occidentales y los organismos internacionales para llevar a cabo una ayuda efectiva, así como un apoyo económico sostenido en el tiempo han determinado el giro político en el mundo árabe.

Por otra parte, la política unilateral de Israel en los Territorios Ocupados, y por extensión, en todo Oriente Medio, ha permitido el crecimiento y desarrollo de las organizaciones islamistas en toda la región. La Guerra contra el Terror encabezada por Estados Unidos, y cuya vanguardia se sitúa en Afganistán e Irak, ha colaborado decisivamente en el nacimiento de la resistencia islámica frente a Occidente. Los extremismos buscan “el choque de civilizaciones”, con consecuencias finales imprevisibles todavía. La crisis nuclear iraní es otro ejemplo del doble rasero occidental, cuya política favorece el establecimiento y desarrollo de fenómenos de resistencia a nivel global, y en Oriente Medio en particular.

En el escenario palestino, Israel ha desarrollado una política agresiva, fuera de la legalidad internacional y al amparo del radicalismo sionista. Las distintas actuaciones de presión sobre las instituciones y la población palestina pretendían debilitar la resistencia local para permitir a Israel situarse en una situación hegemónica en una posible negociación de paz en el futuro. La construcción del muro de separación, los asesinatos selectivos, las muertes de civiles, la ocupación…son ejemplos de una política de confrontación, que no buscaba una paz duradera, sino la eliminación de la resistencia palestina y su sometimiento. Por ello, frente al objetivo oficial del Gobierno de Tel Aviv de erradicar el fundamentalismo en los Territorios Ocupados, éste ha crecido al calor de la injusticia y la desolación endémicas. Por tanto, la política militarista y unilateral de Israel parece buscar el auge del radicalismo islámico, para tener una excusa más en su estrategia política de acoso y derribo a la Autoridad Palestina y la población civil. La debilidad de la Autoridad Palestina ayudó al crecimiento de Hamás. En el periodo entre 2002 y 2003, cuando se sucedieron negociaciones en El Cairo para obtener un alto el fuego de las facciones armadas, Israel renunció a detener sus ataques. La represalia terrorista palestina en el interior de las ciudades israelíes favoreció al Gobierno de Sharon, que mantuvo la línea dura política. Los dos extremos se necesitaban mutuamente. En esos años, se produce el verdadero auge político de Hamás, que se había convertido, si no en un actor reconocido internacionalmente, en un elemento importante en el juego político, ocupando su lugar junto a la AP y Fatah.

En tercer lugar, el objetivo final de Israel es el completo control regional. la reciente guerra en Líbano, así como la continuidad en sus actuaciones contra los Territorios Ocupados, buscan reforzar la supremacía del Estado de Israel que podría estar amenazada. Irán se ha convertido en un actor dominante en la región, ante la caída de Irak. Siria ganará importancia tras la destrucción de Líbano. Por tanto, Israel necesita asegurar su dominación territorial, eliminando los fenómenos de resistencia y buscando el apoyo de la comunidad internacional para continuar en su estrategia de dominio regional. El apoyo de Estados Unidos es esencial, aunque su complicada situación en Afganistán e Irak limitan su capacidad ante un posible enfrentamiento militar futuro en la región.

En este escenario, la supervivencia post-bélica de Hezbolá, así como la victoria electoral de Hamás han trastocado la agenda política del Gobierno de Ehud Olmert, que necesita readaptar la política israelí. Las organizaciones islamistas, sobretodo Hezbolá, aparecen ante la opinión pública árabe como vencedoras en su enfrentamiento contra Israel. Un de las primeras consecuencias del fin de la guerra en Líbano ha sido el aplazamiento de la retirada parcial de Israel de Cisjordania, ante la necesidad de recuperar la economía del esfuerzo bélico. El secuestro de los dos soldados hebreos en la frontera con Líbano, que desencadenó el ataque contra Líbano, originó la apertura de dos frentes simultáneos para Israel, que ya se encontraba en una plena ofensiva sobre Gaza. El esfuerzo bélico ha tenido graves consecuencias sobre la economía israelí, que además ha visto como sus ciudades en el norte del país eran bombardeadas por Hezbolá, mientras los cohetes Qassam les continuaban atacando desde el frente en los Territorios Ocupados.

Israel dio alas a la resistencia islámica, gracias a su política unilateral de enfrentamiento y no negociación. Hamás nació como respuesta a la ineficacia y corrupción que acuciaban a la OLP. En ese momento, Israel permitió su crecimiento para dividir a la resistencia palestina y preservar su dominio. Israel había engendrado su propio monstruo en los Territorios Ocupados que ahora se vuelve contra él.

Por último, la criminalización constante del mundo árabe y musulmán está permitiendo el auge del radicalismo, tanto en Oriente como en Occidente. El anunciado “choque de civilizaciones” no es más que un intento de confrontar de una forma maniqueísta una realidad extremadamente compleja, dónde elementos políticos, económicos, sociales y culturales se utilizan en oposición a distintos modelos. La visión minimalista que reduce a Hamás a las actividades de resistencia terrorista de su brazo armado sólo responde a los intereses occidentales en la “guerra contra el terrorismo”. “El Eje del Mal” forma parte de una realidad mucho más compleja, en la que confluyen intereses económicos, políticos y estratégicos. Por tanto, esta visión distorsionada del fenómeno de Hamás que se ofrece desde Occidente tergiversa la realidad, colaborando en la pretendida división cultural y el choque de civilizaciones.

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