Rabia de diamantes

El gato merodeaba junto al viejo muro. Su andar parsimonioso contrastaba con la furia de la lluvia. Las gotas golpeaban el pavimento inerte. Cubos de basura, coches destartalados y motocicletas escurrían la humedad como podían. La luna fulminaba con su luz la oscuridad del cielo encapotado, iluminando el pequeño callejón. A las 22.06, cuando ya parecía que la noche ganaba su lugar en aquel rincón junto a la esquina del Bukowski bar, el gato detuvo su danza, petrificando su andar callejero. Levantando levemente sus ojos inmaculados y orientando sus orejas hacia la infinitud del Universo, quedó absorto. Había visto algo. Su mirada se perdía mientras permanecía inmóvil, atento. En el otro rincón del planeta, una mujer del sur de Italia invitaba a sus amigos a una deliciosa cena. Chicos y chicas comían y bebían. Gritaban mientras los platos se vaciaban. Más vino, más melanzane, más lasaña. Orgía de miércoles noche. En pleno jolgorio y sin que nadie pudiera intuirlo, todos cayeron fulminados. El silencio invadió el diminuto salón. Las copas desparramadas inundaron el suelo con la sangre del viñedo, humedeciendo los rostros de los difuntos. Las risas habían muerto súbitamente. Justo en ese preciso instante, el gato prosiguió su marcha. Rabia de diamantes…

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