El Gran Salto

Atardecer de la vida

El cadáver yacía en el suelo. Un gran charco de sangre, oscura como el asfalto mojado, corría hacia la alcantarilla. Una turba de gatos, venida de todos los puntos de la ciudad, se arremolinaba junto al cuerpo inerte. El silencio de los allí presente contrastaba con el sonido de la música del ipod shuffle. Había saltado con música en los oidos. Una de las gatas alcanzó a ver el punto de lanzamiento: la ventana de la cocina, que ahora carecía de cristales. Tras un breve lapso de tiempo, en que la música de ‘Lost Boys’ confluyó con la llamada a la oración, la multitud felina se disperso, dejando al muerto con su música. Nadie vino a reclamar el cadáver. Alguien comentó, en alguna charla de café, que era un chico taciturno, no se le conocían amistades en la pequeña ciudad reconstruida.Vivía en un pequeño ático junto al río. Ese día, había subido al mirador como todos los domingos, pero los vecinos habían notado algo extraño en él. No llevaba su botella de coca cola light. Una premonición del gran salto que vendría al caer la tarde sobre Koševo…

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