La vida de Vincent

Resulta interesante comprobar cómo nos empeñamos en dilapidar nuestro caudal vital en elementos innecesarios, en pensamientos que conducen al fracaso y la frustración. La angustia ha ocupado el espacio que debería ocupar el placer, los momentos de felicidad. Hace unos meses conocí, en un café de Bruselas, a Vincent. Un chico cuya vida tiene fecha de caducidad. Le costaba expresarse, apenas podía mantener la conversación. Esfuerzos titánicos por llevar una vida como la de cualquier persona. Reía junto a nosotros en una mañana fría y lluviosa de la capital belga. Charlamos de comics, de proyectos, de la vida. En ningún momento hizo referencia a su enfermedad. Una enfermedad que está apunto de llevárselo por delante. Vincent merece otra oportunidad. Yo me empeño en enterrar mis sueños, en perder la esperanza, en arrojar mi vida en brazos de sucedáneos sintéticos de la felicidad y me sentí desdichado. Si sólo pudiera, durante un instante, sentir ese caudal vital que permite a Vincent seguir disfrutando de los pequeños placeres de la vida que le quedan, estaría satisfecho. Soy a todas luces un afortunado, por no sufrir los rigores de la enfermedad en toda su fuerza y, al mismo tiempo, soy un desgraciado, por no llegar ni tan siquiera a la suela de los zapatos de este señor que un día compartió su escaso tiempo con este que les escribe. Fuerza y honor, Vincent.

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