Las lágrimas de Khaled

Me ha costado. Escribir sobre el conflicto entre el imperio sionista y el pueblo palestino siempre despierta el monstruo que llevo dentro. El sentimiento de impotencia se mezcla con la rabia, el dolor y el odio, en cóctel explosivo.

Hace apenas cinco días, el telediario matinal de RTVE ofrecía imágenes de la ciudad de Hebrón (población palestina rodeada de colonias israelíes) Un niño llora. Su padre es conducido a un coche policial de las fuerzas de ocupación israelíes. Su delito: coger agua junto a los asentamientos judios. Mientras las colonias judías se extienden, la población autóctona no puede regar sus campos. Ante la injusticia, el padre de Khaled se levantó. No se inmoló en un control de seguridad o en un centro comercial de Tel Aviv. Cogió agua de un pozo y fue detenido. Khaled llora sin consuelo, agarrado a la pierna de su papá. Un soldado les separa. Khaled queda solo en el camino de tierra mientras el vehículo se aleja.

Una lástima que sus lágrimas no puedan regar los campos ni dar de beber a sus compañeros de escuela. Seguro que entonces, Khaled lloraría con más ganas.

Hoy enciendo la televisión y veo a Michelle Obama junto a su hija Sasha en las playas de Marbella. No hay llanto. Sólo sonrisas. Las robadas a Khaled al otro lado del Mediterráneo.

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