¿Sois gitanos?

Me ha costado escribir este post. Siento la necesidad de desactivar una mina enquistada. Es difícil plasmar en letras los sentimientos fuertes. La rabia nubla la razón y tecleo odio y más odio. Sin embargo, merece la pena adentrarse en el campo y sacar de su escondrijo de tierra sucia la mina de la ignorancia.

La semana pasada acudía junto a A.J.P a una Conferencia en Bruselas dedicada a exigir una renta mínima para todas las personas, sea cual sea el país en el que residan. Ella es madre soltera de cinco hijos y sobrevive con 500 euros al mes. Todos sus hijos, menos T. están en paro. Ella ha sufrido maltrato. Su compañero la abandonó hace años. Ahora, con 47 años, busca trabajo pero no lo consigue. Recuerda los buenos tiempos, cuando recogía uva en Burdeos. Veinte años junto a su padre de trabajo en el extranjero. Ahora quiero que venga conmigo para que su voz se incluya en una futura Recomendación de la Unión Europea (UE) que inste a los Estados miembro a desarrollar normativas que aseguren una vida digna para millones de europeos (80 millones de personas viven en situación de pobreza en la UE: Eurostat).

No me costó mucho convencer a A. para que viniera. Ella quería aprovechar el viaje para ver la ciudad. Yo la convencía de la falta de tiempo, pero no le importaba. Después del trabajo, iriamos a tomar mejillones junto a la Grande Place.

Nos habiamos levantado pronto para llegar en uno de los primeros trenes a la Terminal 4 de Barajas. Ella ha viajado una vez en avión, a visitar a su hermana en Barcelona. No tiene miedo. Al llegar junto a la puerta de embarque, descubro que ha extraviado su DNI. Ella ha pensado que con su permiso de conducir será suficiente, pero el personal de la aerolínea nos advierte de la imposibilidad de viajar sin DNI y/o pasaporte.

Corremos a la comisaria a denunciar el extravío del DNI. A. está nerviosa. Se siente culpable. Intento tranquilizarla. Ella hace un esfuerzo por correr. Llegamos a los ascensores y una agente del Cuerpo Nacional de Policia aparece junto a los mismos. Le cuento la situación y le pido que nos acompañe a la comisaria. El avión no espera. Nos mira con detenimiento. Sus ojos nos escudriñan más allá de nuestra condición de usuarios de AENA. Dos segundos después, nos hace una pregunta que hace añicos el trabajo previo. “¿Sois gitanos?” miro a A. y ella baja la mirada. Siento el aturdimiento. El reloj se detiene. La discriminación se mezcla con la atmósfera. Un instante después, corremos de nuevo a la comisaria. La agente no nos acompaña. Conseguimos una denuncia, volvemos a pasar los controles y enfilamos hacia la puerta de embarque. Cerrada. Conseguimos un vuelo para el mediodía. No puedo quitarme la escena de la cabeza. Llegamos a Bruselas. La vida continúa.

En un paseo por Bruselas, A. me comenta en un susurro: ¿Esto es Bruselas? Se parece a León. Pues eso

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