La teoría de la desinformación

No es novedad que los grandes medios de información generalista transforman la realidad de acuerdo a su línea editorial. Resulta ‘comprensible’ cuando se trata de empresas periodísticas que responden al interés de grandes corporaciones que nada tienen que ver con lo que algún día se llamó ‘prensa libre’. El beneficio de sus accionistas es, en última instancia, el interés prioritario de las corporaciones mediáticas. Cuando el interés económico ha conseguido ocupar todas las esferas de la construcción de los mensajes periodísticos y ‘adapta’ los productos informativos a sus fines pecuniarios y políticos, comienza a tejerse una maraña, suerte de red de discursos que transforma los acontecimientos de la realidad en un pequeño marco de su agenda setting (establecimiento periodístico de los temas de discusión que ‘interesan’)

Ya no es lo que ves. Es lo que te dicen que ves. Dicen ‘explicar’ lo que ocurre cuando lo que lees, escuchas y ves es un paisaje monolítico de una realidad ‘sistémica’ a la que debes someterte para no quedarte al margen. La teoría de la desinformación alcanza su cenit cuando tu propia voz se convierte en la voz de tu amo.

Por tanto, en los tiempos de crisis y transformación que corren, no podemos pasar por alto el maniqueísmo que maneja el supuesto periodismo hacia temas que requieren mucha mayor profundidad de análisis y reflexión que la simple narración interesada de estas empresas de desinformación, que deja en ‘manos invisibles’ lo que acontece a tu alrededor para contártelo con ideas ya adquiridas y, por supuesto, no subversivas. Las causas últimas de lo que acontece, de lo que genera el ‘Estado de malestar’ interesa mantenerlas invisibles, puesto que cuestionarían los cimientos de la injusticia social sobre la que levantan su poder.

Un sistema en el que los medios de comunicación de masas, dejando a un lado su papel de contrapoder, se han convertido en perros guardianes de una realidad que no debe ser cuestionada puesto que es, nos dicen, la mejor de las posibles. El cuarto poder ahora sirve para legitimar el expolio a las personas a las que deberían servir para responder a los intereses de la cima de la pirámide social. Su labor queda en entredicho cuando la desinformación intencionada afecta a nuestra vida, nuestros derechos y nuestro futuro.

La tendencia actual de clasificar y dividir la realidad, el mundo, la sociedad, en compartimentos estanco creados por el discurso dominante: buenos y malos, ricos y pobres, sistema y antisistema se ha convertido en elemento central en la construcción de los mensajes mediáticos. La consecuencia inevitable es situarnos en un espacio que no elegimos y, en última instancia, que nos obliga a posicionarnos más allá de matices, consideraciones e ideologías. El riesgo mayor es que los medios y periodistas más independientes, forjados al margen o fuera del sistema convencional de las grandes empresas, adopten la vara de medir de los manipuladores mediáticos, extrapolando el enfrentamiento. En última instancia, es lo que quieren. Trasladar lo que debería ser un cuestionamiento de un sistema que no satisface a sus bases a una guerra civil de nosotros y nosotras sobre el terreno. Nos entretienen mientras vencen en la batalla de los mensajes y del miedo. Miedo a quien está a nuestro nivel, no a quien pisa el pavimento desde la altura de la supremacía económica.

O estás con nosotros o contra nosotros. Este es el mensaje último, que ya ha calado nuestro lenguaje cotidiano. Su discurso propio ha quedado inscrito en la población, más vulnerable a la manipulación cuando se la mantiene desinformada, para crear una suerte de personas que repiten eslóganes, consignas y propaganda. El último estadio es dirigir la opinión pública hacia la aniquilación del pensamiento crítico, creando un ejército de ‘bienpensantes’ ciudadanos y ciudadanas: dóciles y esclavos. En definitiva, un lenguaje heredado de las élites de poder que, tras pasar el ‘filtro’ mediático de los medios de comunicación, es inoculado en personas de ‘a pie’ para que pierdan su carga crítica y sean asimilables por la masa acrítica.

Por último, el incremento en el tráfico de información que ha supuesto la ‘masificación’ del uso de las redes sociales, no solo por parte de particulares, sino también de medios, empresas e incluso administraciones públicas, ha amplificado el impacto de estas formas de desinformación. La multiplicidad de espacios de información y debate sitúa en el centro de la diana la responsabilidad del periodismo ‘real’ ante la crisis ya enunciada. Solo el periodismo dispuesto a contravenir el sistema puede, hoy en día, arrojar algo de luz sobre un contexto social claramente influido por la alucinógena capacidad del poder de intentar aplacar toda reacción, manifestación o posicionamiento contrario. La esperanza queda en que la inherente potencialidad de la tecnología para abrir puertas y sacar y remover los cimientos de la injusticia que vemos, pero no quieren contarnos. Las élites ya aspiran a controlar las nuevas formas de comunicación de todas las formas posibles, ya sea desde leyes diseñadas a sus intereses, ya sea violando sistemáticamente la ‘neutralidad’ de la Red. La batalla se libra por tanto en la capacidad que tengamos de saltar barreras y obstáculos en un camino trufado de enemigos ya insertos en los nuevos medios pero con la mentalidad del perro de presa tradicional.

Solo el rigor, la credibilidad y el valor de las informaciones que puedan ofrecer muchos y muchas periodistas que se mueven de manera independiente, a través de sus propios canales, tejiendo redes de colaboración y construyendo una comunicación alternativa al margen de los balances de resultados, puede contribuir a derribar el muro de mediocridad que muchas y muchos profesionales se han empleado en levantar al amparo del poder político y económico. En nuestras manos queda, por tanto, la responsabilidad de volver a ser el dedo en el ojo de quien no quiere ver más allá de su ombligo.

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