Marioneta del Capital

Mauropm
Mauropm

El teatro de marionetas abrió sus puertas como cada día desde hacía miles de años. Siempre puntual. El amo disponía la historia y el escenario a su antojo. Al antojo de los grandes amos por encima de él. La decoración era en extremo barroca, pensada para ocultar al máximo unas paredes tapizadas de pobreza espiritual. De impecable deshonestidad.  Todo dentro de aquel teatro era pura apariencia. Un mundo de irrealidad destinado a distraer la atención de espectadores ávidos de historietas, y marionetas,  inventadas por los fabricantes de hilos.

El teatro disfrutaba siempre de inmejorable entrada. Quien venía, venía a distraer su ego y calmar su ansia de reafirmación espiritual. Si el mundo iba mal era algo ajeno a este teatro en el que todo destilaba felicidad pasajera, inoculada de forma indisimulada.

Como cada día, el amo abrió su viejo baúl de color ocre. En el interior, amontonadas en un barullo comprensible solo por él, yacían inertes sus queridas marionetas. Cada una distinta. Cada una con su propio rol en un espectáculo que se reinventaba cada día. Ese era su gran poder. Su capacidad de volver a nacer cada vez que caía el telón. Así el amo se garantizaba la misma audiencia repetitiva,  expectante del maravilloso show de la indecencia.

El amo siempre solía utilizar las mismas marionetas. Al público le gustaba ver cómo  interpretaban un papel diferente en cada pase. Marionetas inexpresivas de héroes y villanos que intercambiaban golpes e historias al gusto de quien manejaba los hilos. Un amo retorcido, pero inteligente. Sabía cómo mantener la expectación incluso entre el público que se consideraba más crítico con su puesta en escena.

Al terminar el espectáculo, el público marchaba complacido. Incluso quien creía haber descubierto el truco no faltaba al próximo pase. Quien criticaba las historias interpretadas, no dudaba en repetir el espectáculo en su propia casa. Todo permanecía atado y bien atado, para gusto de los fabricantes de hilos, a los que el negocio siempre les reportaba pingües beneficios. El show cambiaba para no cambiar nunca.

Solo en una ocasión, una de las marionetas pareció cobrar vida y asomar su cabeza hueca fuera del baúl. Miro a su alrededor y se lanzó en una huida desesperada del teatro. Un extraño instinto de libertad la llevó a correr y correr con sus torpes piernas inutilizadas. Al llegar a la puerta de salida y justo al saltar al escenario del mundo real fue descubierta y expulsada de nuevo al interior de su baúl. No por el amo que siempre manejaba sus hilos, sino por los espectadores del siguiente pase. Curiosamente, los más críticos con el espectáculo.

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