Ley de Dependencia Digital (LDD)

“El número de gadgets tecnológicos será proporcional a la libertad que nos queramos negar” Esta máxima es aplicable a todas las personas que han coronado la tecnología como dictadora de vida. Más allá del ámbito laboral y profesional, hemos perdido la libertad de desconexión. El mundo offline ha quedado relegado. Consultar el correo profesional en casa o desde el móvil los días de vacaciones. La posibilidad de gestionar nuestras redes sociales corporativas en cualquier momento y lugar, actualizar blogs, status, foursquares…Sin duda, las nuevas tecnologías han readaptado la relación que establecemos con nosotros mismos. Algunos estudios señalan la dependencia tecnolólogica como el mal del nuevo siglo. Niños y niñas que experimentan ansiedad cuando no les responden un sms, personas adictas que mueren frente a un videojuego o que dejan desatendido a su retoño humano en favor de atender a su familia SIMS. Los ejemplos llegan desde todas partes del globo e indican una tendencia peligrosa.

Sin ir más lejos, la saturación de noticias relativas a los impactos de las nuevas tecnologías o el auge de las redes sociales como nuevos espacios de participación e interacción de las personas es un indicador claro de que la opinión publica otorga una atención especial a la nueva relación que hemos establecido con las tecnologías. Elementos que deberían suponer una mejora en nuestra calidad de vida, en una ayuda para nuestro desarrollo profesional o personal, han tomado el control de nuestra vida. Más que tomado, les hemos cedido el testigo de nuestra independencia. Sometimiento adquirido a través de la adicción y repetición de hábitos tecnológicos que repercuten en nuestro estado de ánimo, en nuestra felicidad.

Ley de Dependencia Tecnológica (LDD) Miro en Google y el término todavía no existe. Lo intentaré olvidar, para que la próxima vez que compruebe todas mis cuentas de correo y usuarios digitales también sea capaz de desconectar y salir a mirar la vida desde mis propios ojos.

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Esclavitud tecnológica

Hace pocos días, recordaba con nostalgia la primera vez que oí el zumbido de un beeper. Estaba aún en el colegio, en la hora del recreo. Un remolino de niños rodeaba al afortunado poseedor del beeper de cocacola. Unos cuantos años después, no tantos, las nuevas tecnología aplicadas a la comunicación inundan nuestras vidas, en forma de aplicaciones, gadgets, dispositivos y demás elementos de culto.

Ni que decir tiene, que internet ha modificado nuestra forma de trabajar, nuestra forma de entender el mundo y de participar e interactuar con él. El cambio en la concepción emisor-receptor, la multiplicidad de mensajes y el enorme caudal de información online, ha hecho que, a día de hoy, la dependendencia tecnológica se haya convertido en una nueva forma de vida, en una amenaza.

El culto a la tecnología ha desembocado en una sumisión incomprensible a la forma, al gadget, a la tecnología. La información superflua inunda los canales de información. Blogs, redes sociales, medios online han tejido una maraña de sobreinformación en el espacio digital. El misticismo que envuelve el concepto de web 2.0, asociado a la evolución de la comunicación en tiempo real: comunicación ‘móvil’, han hecho proliferar los autodenominados o directamente nombrados gurús tecnológicos: quintaesencia de la interacción ser humano – tecnología de la información.

La vida ‘online’ conduce al automatismo y la dependencia. La vida se ha enganchado a la tecnología ¿Qué pasará cuando algo falle? Ya perdemos la cabeza cuando olvidamos el móvil en casa o dejamos pasar unas horas sin entrar en facebook o twitter. Nos han creado una necesidad, una forma de control. Nos manejan a su antojo en las dinámicas de comunicación 2.0. Interacción y participación dirigidas.

¿Desconectamos?