Muerte junto al Drina

Un grupo de niños contempla bajo la lluvia los grandes paneles de mármol dispuestos en círculo, 8.423 nombres grabados en piedra. Es el memorial de Potocari, a escasos cuatro kilómetros del centro de Srebrenica. Junto a  ellos, miles de lapidas blancas grabadas en caracteres árabes trazan filas silenciosas sobre la inmensa pradera verde. Las víctimas del mayor genocidio cometido en Europa desde la II Guerra Mundial descansan en esta explanada inmersa en el corazón de los Balcanes. Sobre sus verdugos, las gentes de la región guardan silencio.

El camino hasta Srebrenica no es sencillo. La carretera que discurre entre Sarajevo y la ciudad fronteriza serpentea esquivando las grandes montañas de Bosnia central. El caudaloso río Drina, que inspiró la novela más famosa del premio Nobel Ivo Andric,  se esconde según avanza la niebla. Es mediodía de julio, sin embargo, la visibilidad es difícil circulando a orillas del río que sirve de frontera natural entre  Bosnia y Herzegovina y Serbia. La tortuosa carretera atraviesa Vlasenica y Milici, bastiones de mayoría serbobosnia, hasta desembocar en Srebrenica. Hace 15 años, Srebrenica contaba con un 80% de población musulmana, hoy, más del 90% de los habitantes son serbios de Bosnia. Son las consecuencias de la limpieza étnica.

En la ciudad, la lluvia cubre los edificios abandonados. La empresa Energoinvest, eje económico de la ciudad en los noventa, se levanta a la entrada de la pequeña urbe. Está abandonada. Las calles permanecen semidesiertas. Apenas algunas mujeres charlan a las puertas de los pocos cafés abiertos. La iglesia ortodoxa se levanta dominando toda la ciudad. Más abajo, un gran descampado cubierto de suciedad y rastrojos ejerce de vertedero. Es el espacio que ocupaba la mezquita principal de Srebrenica, borrada del mapa tras la invasión serbobosnia del enclave. Los ojos de los nuevos habitantes miran esquivos a los foráneos. No quieren preguntas incómodas.

Ante la inoperancia internacional, hombres, mujeres y niños fueron sometidos a torturas, violaciones y vejaciones sistemáticas, hasta acabar rumbo a  los campos de refugiados de Tuzla o abatidos a manos de los asesinos que hoy seguramente ocupen sus casas. Nadie se atreve a volver.

La detención el pasado 21 de julio en Belgrado del criminal de guerra Radovan Karadzic, máximo responsable de la limpieza étnica en Bosnia y Herzegovina, parece un paso adelante en la restitución de la justicia. Pero aún queda mucho por hacer. El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia aún aguarda la entrega del general Mladic, ejecutor directo de la matanza, así como la de otros responsables menores que se esconden con toda certeza en la región, protegidos por la élites nacionalistas locales.

Mientras tanto, los familiares de los muertos rezan sus plegarias frente a las esquelas blancas.  Otras víctimas aún aguardan a ser identificadas. Las heridas, quién sabe, quizá cicatricen con el tiempo. Eso dicen a orillas del Drina.