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Piazza d´Italia

Las ciudades fronterizas esconden historias apasionantes. Lugares de paso de personas y mercancias. Cruce de caminos. Trieste es una de ellas.

La ciudad de Trieste no parece italiana, tampoco parece eslava. Reclamada por la Yugoslavia de Tito y defendida a fuego por los fascistas italianos. Baila en su indefinición, en su eclecticismo. Si alguien nos susurra al oido que nos encontramos en alguna ciudad de Dalmacia, le creeremos. Cierto ambiente poscomunista se respira en sus calles anchas, en la estación de tren, en el teatro Tripkovic, en los edificios grises. Por otro lado, Italia se palpa en el aire señorial de algunas de sus construcciones. En el siglo XIX que dio esplendor a los  edificios públicos de la Piazza d´Italia. Intentos de alcanzar el esplendor de Venecia sin sufrir sus inundaciones, sin gozar de su fama. Una ciudad para bohemios abandonados.

El centro de la ciudad también muestra retazos de sus orígenes. El teatro romano se conserva dignamente y ciertas  arquitecturas urbanas conservan la influencia del sacroimperio. Sin embargo,  el  siglo XIX es el que modela la fisonomía urbana de la capital de Friulia-Venezia Giulia

En la colina, el castillo y la catedral imponen su autoridad, escondidos tras un sinfín de callejas ascendentes. Un barrio alto que merece una visita, pero que no destaca sobremanera. Demasiado evidente y trivial. Joyce escribió sus obras junto al mar, no en la montaña.

La noche nace junto al canal, en el casco histórico. Un vino tinto y algo de buena música. Es el final del día y por fin me doy cuenta. No estoy en Zadar