Hasta siempre, Pedro

Artículo publicado originalmente en Murray Magazine: http://murraymag.com/actualidad/hasta-siempre-pedro

No puedo dejar de llorar. Las lágrimas han nublado el día. Tengo el corazón helado y la piel erizada por el escalofrío que provoca la muerte de un ser querido. Nos ha dejado Pedro Zerolo.

Su recuerdo me revuelve las entrañas y me impide digerir cualquier pensamiento. Pedro era una de esas personas que se agarran al estómago y al corazón porque era buena de verdad. Pedro era bueno con todas las letras, sin matices, sin ambages. Guardaba ese halo invisible que envuelve a quien camina por la vida con el paso firme de la dignidad. No necesitaba esconderse. Siempre iba por delante, sin más bandera que los derechos que defendió hasta su último aliento. Un aliento que aún sentimos en nuestro corazón helado y piel erizada. Pedro no sólo era una referencia para millones de personas, él era una ellas. Era una de nosotras. Siempre a nuestro lado. Siempre al lado de la justicia social.
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La parábola de V

V amaneció como cualquier otro día. Posó sus pies descalzos sobre las baldosas frías de la mañana. La noche anterior había sido otra de tantas. Copas, bailes, desenfreno en cóctel explosivo. Ella había conocido a tantos amigos y amigas gracias a él. La nueva ciudad se había convertido en su hogar.

La cafetera empezó a hacer borbotones. V se extrañó de que su compañero no se hubiera levantado. Puso música y se acercó a la habitación. No había nadie ¡Qué extraño! Quizás se hubiera marchado. Total, a V sólo le interesaban los ratos que ella podía pasar de juerga con él. Cogió el móvil e intentó llamar a su amiga N, pero no respondía. Quizás estuviera durmiendo. Se duchó, se arregló y bajo a la calle. Necesitaba despejar las neuronas. La calle estaba desierta. Nadie. Las tiendas, el parque, su bar favorito, todo cerrado. Nadie paseando. Silencio incómodo. Regresó a casa. Encendió la televisión y una carta de ajuste infinito quedó petrificada sobre la pantalla plana. Imposible de apagar. Intentó llamar a su compañero, pero tampoco respondía. Nervios. Subió a llamar a los vecinos. Nada. Comenzó a sentirse sola. Con las lágrimas nublando la visión llamó a su familia, que vivía en la isla. Ninguna respuesta. El llanto era inevitable. Estaba sola. Bajó de nuevo las escaleras y corrió por la calle. Ni coches, ni personas, ni pájaros, ni gatos, ni perros. Nadie salió a su encuentro. Estaba sola en medio de la ciudad. Entonces, un pensamiento atravesó su mente, como un relámpago.

V, que siempre se había sentido orgullosa de su independencia, añoraba ahora la compañía. Ella, que había dirigido su vida hacia la consecución de sus objetivos, sin pensar en los demás, estaba SOLA. Ella, que había endurecido su corazón hasta convertirlo en un arma para disparar a todo aquel que osara llamar a la puerta de sus sentimientos, estaba perdida. Sentada en las escaleras de la plaza mayor de la ciudad, sacó un papel y escribió: LO SIENTO. La nota voló sin que nadie la viera. Regresó a casa y se acostó.

Los somníferos la permitieron dormir hasta la mañana siguiente. Amaneció un día más. Con los ojos enrojecidos, se levantó. La angustia le apretaba el pecho, conteniendo su respiración. Se dirigió al baño para refrescar su mente, aturdida por el dolor. Al regresar, vio que su compañero estaba en la cama, como la noche anterior. Corrió a abrazarlo. Él despertó, sin saber lo que ocurría. Rápidamente enchufó la tele: noticias. Llamó a su amiga y respondió. Quedaron para comer. V se sintió feliz, sobre todo al comprender que su felicidad la podía compartir con alguien más que su egoismo.

La vida de Vincent

Resulta interesante comprobar cómo nos empeñamos en dilapidar nuestro caudal vital en elementos innecesarios, en pensamientos que conducen al fracaso y la frustración. La angustia ha ocupado el espacio que debería ocupar el placer, los momentos de felicidad. Hace unos meses conocí, en un café de Bruselas, a Vincent. Un chico cuya vida tiene fecha de caducidad. Le costaba expresarse, apenas podía mantener la conversación. Esfuerzos titánicos por llevar una vida como la de cualquier persona. Reía junto a nosotros en una mañana fría y lluviosa de la capital belga. Charlamos de comics, de proyectos, de la vida. En ningún momento hizo referencia a su enfermedad. Una enfermedad que está apunto de llevárselo por delante. Vincent merece otra oportunidad. Yo me empeño en enterrar mis sueños, en perder la esperanza, en arrojar mi vida en brazos de sucedáneos sintéticos de la felicidad y me sentí desdichado. Si sólo pudiera, durante un instante, sentir ese caudal vital que permite a Vincent seguir disfrutando de los pequeños placeres de la vida que le quedan, estaría satisfecho. Soy a todas luces un afortunado, por no sufrir los rigores de la enfermedad en toda su fuerza y, al mismo tiempo, soy un desgraciado, por no llegar ni tan siquiera a la suela de los zapatos de este señor que un día compartió su escaso tiempo con este que les escribe. Fuerza y honor, Vincent.

Mayo

Primavera impredecible. Lluvia incensante sobre el asfalto gris. Montañas en verde inverosímil, que resplandecen frente a rascacielos carentes de vida. Un Sarajevo que emerge de las nieves del invierno para brillar tras el solsticio de primavera. Gentes, animales y plantas despiertan con nuevos brios por la mañana. Ejemplos esenciales de que la vida despierta después de la muerte.