La parábola de V

V amaneció como cualquier otro día. Posó sus pies descalzos sobre las baldosas frías de la mañana. La noche anterior había sido otra de tantas. Copas, bailes, desenfreno en cóctel explosivo. Ella había conocido a tantos amigos y amigas gracias a él. La nueva ciudad se había convertido en su hogar.

La cafetera empezó a hacer borbotones. V se extrañó de que su compañero no se hubiera levantado. Puso música y se acercó a la habitación. No había nadie ¡Qué extraño! Quizás se hubiera marchado. Total, a V sólo le interesaban los ratos que ella podía pasar de juerga con él. Cogió el móvil e intentó llamar a su amiga N, pero no respondía. Quizás estuviera durmiendo. Se duchó, se arregló y bajo a la calle. Necesitaba despejar las neuronas. La calle estaba desierta. Nadie. Las tiendas, el parque, su bar favorito, todo cerrado. Nadie paseando. Silencio incómodo. Regresó a casa. Encendió la televisión y una carta de ajuste infinito quedó petrificada sobre la pantalla plana. Imposible de apagar. Intentó llamar a su compañero, pero tampoco respondía. Nervios. Subió a llamar a los vecinos. Nada. Comenzó a sentirse sola. Con las lágrimas nublando la visión llamó a su familia, que vivía en la isla. Ninguna respuesta. El llanto era inevitable. Estaba sola. Bajó de nuevo las escaleras y corrió por la calle. Ni coches, ni personas, ni pájaros, ni gatos, ni perros. Nadie salió a su encuentro. Estaba sola en medio de la ciudad. Entonces, un pensamiento atravesó su mente, como un relámpago.

V, que siempre se había sentido orgullosa de su independencia, añoraba ahora la compañía. Ella, que había dirigido su vida hacia la consecución de sus objetivos, sin pensar en los demás, estaba SOLA. Ella, que había endurecido su corazón hasta convertirlo en un arma para disparar a todo aquel que osara llamar a la puerta de sus sentimientos, estaba perdida. Sentada en las escaleras de la plaza mayor de la ciudad, sacó un papel y escribió: LO SIENTO. La nota voló sin que nadie la viera. Regresó a casa y se acostó.

Los somníferos la permitieron dormir hasta la mañana siguiente. Amaneció un día más. Con los ojos enrojecidos, se levantó. La angustia le apretaba el pecho, conteniendo su respiración. Se dirigió al baño para refrescar su mente, aturdida por el dolor. Al regresar, vio que su compañero estaba en la cama, como la noche anterior. Corrió a abrazarlo. Él despertó, sin saber lo que ocurría. Rápidamente enchufó la tele: noticias. Llamó a su amiga y respondió. Quedaron para comer. V se sintió feliz, sobre todo al comprender que su felicidad la podía compartir con alguien más que su egoismo.

La vida de Vincent

Resulta interesante comprobar cómo nos empeñamos en dilapidar nuestro caudal vital en elementos innecesarios, en pensamientos que conducen al fracaso y la frustración. La angustia ha ocupado el espacio que debería ocupar el placer, los momentos de felicidad. Hace unos meses conocí, en un café de Bruselas, a Vincent. Un chico cuya vida tiene fecha de caducidad. Le costaba expresarse, apenas podía mantener la conversación. Esfuerzos titánicos por llevar una vida como la de cualquier persona. Reía junto a nosotros en una mañana fría y lluviosa de la capital belga. Charlamos de comics, de proyectos, de la vida. En ningún momento hizo referencia a su enfermedad. Una enfermedad que está apunto de llevárselo por delante. Vincent merece otra oportunidad. Yo me empeño en enterrar mis sueños, en perder la esperanza, en arrojar mi vida en brazos de sucedáneos sintéticos de la felicidad y me sentí desdichado. Si sólo pudiera, durante un instante, sentir ese caudal vital que permite a Vincent seguir disfrutando de los pequeños placeres de la vida que le quedan, estaría satisfecho. Soy a todas luces un afortunado, por no sufrir los rigores de la enfermedad en toda su fuerza y, al mismo tiempo, soy un desgraciado, por no llegar ni tan siquiera a la suela de los zapatos de este señor que un día compartió su escaso tiempo con este que les escribe. Fuerza y honor, Vincent.

En la oscuridad

Un ruido entreabrió mis ojos. Una brisa helada recorrió el pasillo hasta la alcoba. Ligeras vibraciones de cristal llegaban a mis oidos. Alguien estaba en el salón. Me levante, en alerta. No sabía si acercarme o esconderme bajo la cama. Valor y miedo se meclaban en la sangre. La vena sarajevita se inflamó y me arriesgué. En penumbra, a pequeños pasos descalzos, avance hacia la sala de estar. Una tenue luz acariciaba el pasillo. Luna llena. De un brinco, entré en la habitación, armado con mi alpargata. Las cortinas volaban. la ventana dejaba fluir suaves destellos lunares. Una botella de champán medio vacía bailaba ligeramente sobre las baldosas húmedas de alcohol. Un copa dormía junto a ella. Restos de polvores y turrón, junto a migas de mazapan completaban el espacio entre la pequeña mesa y la ventana. Alguien había estado allí. Al darme la vuelta, una gran caja de color rojo me esperaba sobre la mesa del comedor. Me acerqué. No recordaba haberla visto antes de dormir. La abrí. Encontré una pequeña bolsita color plata: “Quien tiene un por qué para vivir se puede enfrentar a todos los cómos”. Volví a la habitación. El alba me despertó, tres horas más tarde. La resaca luchaba por conquistar mi cabeza. Me sobrepuse ¿Había sido todo un sueño? Me acerqué al salón…

Meditación 1: el gato frente al cristal de la vida

 

Observando al gato…

El gato frente a la ventana.  Ausente, mira la lluvia que se desliza ante sus ojos. ¿Qué estará pensando? Nunca lo sabremos. Está seguro de sí mismo, convencido de ser el centro del mundo, del universo. ¿Quién le puede discutir esta supremacía? ¿Acaso alguien puede demostrar que no lo es? Intenten hablar con un gato y verán que no les contesta. ¡Qué grandeza! No necesita palabras.

Delante del cristal manchado de vaho el gato simboliza mi expectación ante la vida. Observo la vida desde detrás del cristal, absorto ante la lluvia, igual que un felino.  Él permanece Impasible, esperando que escampe para poder salir. Miro al cielo y veo nubes. Nubes grandes y esponjosas, como sueños evaporados que nunca se realizaron. Cuando salga el nuevo sol, todo cambiará. Solo hay que esperar el momento…

Llegará el día en que el gato pueda salir al tejado y pasear bajo los rayos del nuevo sol que está por llegar…

Desde luego, yo iré con él…