Lito

La bicicleta hace equilibrios en la barandilla, indiferente.Mi cabeza desciende a la altura del asfalto caldeado por el sol de la mañana y apoyo la oreja. Escucho el retumbar de mis pasos perdidos. El tintineo de pedaleos pasados se intuye, enterrado entre las rocas de la costa. Brisas perdidas en el baúl de la melancolía danzan al son del viento meridional. Mis ojos se cierran y miran al interior de mi alma. Imágenes de playas, islas, pueblos y ciudades se materializan en fotogramas oníricos. Mi oido se entierra en adoquines antiguos. La bura azota con fuerza, insuflando aire a velas y pulmones sedientos. Los recuerdos de una vida pasada se mezcla con el rubor del agua salada. Levanto la cabeza y vuelvo a empuñar la bicicleta. Kolovare se extiende ante mí. Al final del camino, el órgano de mar o, quizás, la eternidad

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Dormido a la orilla del mar

El sol nubla la visión de los viajeros en dirección a Alcalá de Henares. El stress les delata. Su mirada se pierde en la ansiedad. Leen gratuitos compulsivamente, sin control, sin atención, sin crítica. El silencio de conversaciones sólo se ve interrumpido por una señorita de traje gris, de mediana edad, que extiende sus piernas sobre su asiento delantero y comienza a escuchar a volumen abierto su móvil de última generación. Al mismo tiempo, una señora perdida en su propia prisa, dirige sus ojos a mi bolsa de deporte. El objeto obstruye su proceso de ignición hacia el interior del vagón. Cedo el paso. En ese momento, mi mente viaja a las costas del mar Adriático.

Recuerdo el olor de la brisa del mar junto a Kolovare, en Zadar. Mi sudor mezclado con la sal del agua después de una carrera matutina. Siento la plenitud del espacio abierto, de la naturaleza expandida frente a mi. Entonces comprendo la tragedia de las personas que pierden minutos en carreras hacia un tren  que viaja cargado de tensiones y nervios. El drama de la persona que no comprende que su música no es la melodía de mi vida ni de la de nadie.

Unos minutos despés desciendo los escalones que me conducen al andén. He llegado a mi destino. Mis pasos se pierden entre el asfalto y el aroma de la lluvia contaminada. Un día más y el periódico sigue publicándose.

Nostalgia

Amanece en Dalmacia central. La humedad del otoño perfora los muros. El silencio ocupa los espacios mientras me levanto. El pasillo me lleva hasta el pequeño salón, mientras ella permanece dormida en la cama. La ventana mira hacia un pequeño jardín. Una breve brisa recorre la estancia. Las cortinas sonríen al sentir el cosquilleo del aire húmedo. Cereales, melocotón y zumo de naranja. La voz del locutor de la noche sale a borbotes del portátil. Es domingo. Pienso en salir a correr junto al mar o en coger mi bicicleta y recorrer la pequeña ciudad. La paz respira el día. Ella ha despertado, me pregunta qué deseo comer. Como siempre, respondo que me da igual. Lo importante es sentir la felicidad, la tranquilidad de espíritu.
De repente, despierto. Todo ha sido un sueño. Los tiempos mejores ya pasaron. Ahora la gran urbe ahoga mi espíritu. La contaminación se posa sobre mis aspiraciones, que languidecen. Esperanza marchita ¿Tenia la felicidad en mis manos y la dejé escapar? Aquella ventana, aquel mar, aquella mujer…quizás todo fue en verdad un sueño…¿o es la nostalgia?
Aquella ventana…Nostalgia

Jesen

Otoño. Humedad. Piedras entristecidas que se resquebrajan en la pequeña ciudad. Adoquines apelmazados que no sostienen los pasos. Gris metalizado en el aire. Atmósfera eléctrica. Agua batida en retirada que golpea las rocas del malecón. Olas que proyectan gritos a la eternidad, que sufren el efecto de la corriente perdida. Viento del sur; incansable, caliente y mórbido. Viento infinito. Cielo apagado, inerte, sombrío. La mañana no despierta y la tarde apenas se intuye. Zadar

Gris sobre azul
Riba, Zadar