Escalera mecánica

Allá van. Bien dispuestos. La mañana se enfría cuando veo sus rostros. Abotargados. Autómatas. No puedo mirarles a los ojos. Silencio ruidoso que rompe mi calma. Se abren las puertas y cabalgan. Hordas de seres inertes escupidas de un triste vagón y succionadas por la escalera. Traga, traga, traga. Más silencio gris. Filas uniformes entre carreras sin sentido. Pasa un minuto, Pasan dos, tres, cuatro…La monotonía se perpetúa en el ambiente. La escalera mecánica prosigue su marcha fúnebre. Su tantaneo incesante. La ciudad discurre entre tinieblas y subsuelo. Intento concentrarme en la lectura, en la música, en la vida, pero la sensación de ahogo se apodera de mi y soy succionado. Otra escalera mecánica…

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La felicidad como estado de ánimo

La noche. Espacios estrechos en callejones capitalinos. Un chico, perdido en ensoñaciones, embriagado por revelaciones etílicas, se mueve en silencio. Deambula en la penumbra. Gato en la oscuridad. Perdido, sus botas le llevan a encontrarse con un extraño ser, oculto en su apariencia de ébano. Le promete dicha y esperanza, a cambio de trivialidades de papel y plástico. Ambos llegan a un cruce de caminos. En un momento, el acompañante, le pide 10 minutos. Se lo traga la noche. No regresa. El chico pide un taxi. Llega a casa. Está feliz. Duerme plácidamente. Ha regalado cuatro inutilidades a cambio de una noche de silencio. Cuando, por la mañana, el sol atraviesa las cortinas e ilumina su rostro, descubre su dicha. Un nuevo amanecer.